Papá
siempre me ha contado historias de cuando él era niño. Todas son fantásticas
pero ninguna me impactó tanto como la historia que les relataré a continuación.
Eran
tiempos difíciles. En aquellos días, había una terrible controversia en el
país. Los noticieros de televisión, radio y prensa, daban a conocer una serie
de hechos recientes muy peculiares.
Antiguamente,
algunas culturas prehispánicas que residían en México, tenían creencias de que
los humanos nacían con el respaldo de un animal, y que éste, los guiaría y
protegería en el camino de su vida. Los hechiceros o chamanes del pasado, eran “capaces”
de transformarse en su animal interior. Convirtiéndose en mitad humano y mitad
animal. Al resultado de esta mutación o transformación se le conocía como “Nahual”.
Como este mito sobrevivió en la población
mexicana hasta nuestros días –aunque con menor arraigo que antes-, en el tiempo
en el que se desarrolla esta historia, el Nahual volvió a materializarse con
mucha fuerza.
Se
detectaron avistamientos de un Nahual en diferentes estados de México. No había
pruebas en sí, solo testimonios de personas que aseguraban haberlo visto. A
algunas, dicen, hasta atacó. Relacionaban a este ser con el mal, como algo que
buscaba destrucción.
La
noticia a voces del Nahual fue todo un acontecimiento en la vida de todos. Pero
el significado estricto de la palabra se fue perdiendo. La mayoría de la gente
lo asociaba más que nada a una versión mexicana del “Yeti” o “Hombre de las
nieves”.
Pero
la historia que quiero relatar no se trata de esta bestia llamada Nahual, no,
se trata de una diferente.
Los
sinaloenses se sentían muy confiados de que el Nahual no hubiera pisado sus
tierras. Pero ¡oh, oh! Después del desboque del río Evora tras unas lluvias
torrenciales, una bestia atacó una granja en Mocorito.
El
dueño de la granja juraba que sus animales estaban perfectamente bien cuando él
se fue a dormir, y al amanecer, fue a hacer sus trabajos rutinarios, cuando encontró
a sus gallinas y cerdos muertos, con marcas de garras en sus pieles.
El pánico
creció aún más cuando hubo otro ataque en Angostura. ¡Cada vez se acercaba más
la bestia! La gente no sabía si se trataba del Nahual o no, pero en esos
ranchos y en aquél tiempo sobre todo, los pueblerinos eran personas incultas
sin acceso a los medios de comunicación. No sabían a ciencia cierta lo que
pasaba en el país, así que bautizaron ellos mismos a la bestia como: La Fiera.
La
Fiera siguió atacando durante las noches; nadie la veía jamás. Muchos animales
de granja fueron encontrados masacrados en la mañana. Nadie sabía qué hacer.
En
Batury, mis tíos querían comenzar un grupo musical. Cuando ensayaban en las
tardes o noches, la gente los escuchaba y decía:
-¡Ey!
¿Escuchan eso? Qué feos aullidos. Estas Fieras que no se callan…-
Comenzaron
a llamarlos “Las Fieras”, título que aún conservan.
Un día,
dos gallinas de Don Porfirio amanecieron descuartizadas. Definitivamente, La
Fiera había llegado a Batury.
La
situación estaba incontrolable. La gota que derramó el vaso fue el día en que
el burro de Don Tolocho fue descubierto tasajeado una mañana. ¡Un burro! La
fiera debía de ser más grande de lo que todos pensaban.
Fue
tan grande la noticia, que hasta los canales de televisión y los periódicos locales
llegaron hasta Batury para entrevistar a Don Tolocho. Incluso había gente que “juraba”
haber visto a La Fiera atacando al burro durante la noche.
Fue
una revolución gigante, y más para un pueblo como Batury en el que la gente se
creía todo e inventaba más cosas.
Con
el Nahual y La Fiera allá fuera, a papá (que tenía unos escasos 8 años) le era
imposible conciliar el sueño. Así que esa noche, fue con mi abuelo Doroteo y le
dijo que no podía dormir. Éste le dijo que no se preocupara, porque le contaría
la verdadera historia de La Fiera en la mañana.
Papá
se fue a dormir con esa idea y al día siguiente, muy temprano, fue a cortar
mangos con mi abuelo, a la huerta que tenían detrás de la casa.
Ahí,
le dijo:
-Mira,
hijo mío, este es un secreto muy importante que no le debes decir a nadie. Te
lo diré a ti porque sé que eres muy responsable y lo guardarás para ti.- papá
asintió.
-Escuchame
bien, esa “fiera” de la que todos hablan y tienen tanto miedo, no se trata de
un animal. Más bien de una persona.-
-¿Qué?,
¿Cómo que de un animal?, ¿Es mitad humano y mitad animal?- preguntó papá,
horrorizado.
-No,
no. Bueno, no sé qué es lo que habrá matado a esos pobres animales en Mocorito
y Angostura. Pero sí sé quién mató al burro de Tolocho. Y puedo asegurarte que
no es ninguna fiera.-
-¡Wow!
¿De verdad?, ¿Quién mató al burro entonces, papá?-
-El
otro día, más tarde de que encontraran al burro, tu tío Víctor vino con un
problema muy consternado y me dijo:
“-Doroteo, tienes que ayudarme. Estoy
metido en un lío muy serio. Ese maldito burro de Tolocho tenía semanas dándole
vueltas a mi burra, ya me tenía harto. Cada vez que venía, le pagaba con el
bastón y con eso bastaba para que se fuera. Pero regresaba más tarde o al
siguiente día.
Una tarde lo vi venir y no pude
controlarme más, le amarré la punta de un cuchillo al bastón e hice una especie
de lanza.
Esperé a que se acercara y lo apuñalé varias
veces hasta que apenas podía sostenerse en pie. Vi como se alejaba cojeando a
la casa de Tolocho. Ni si quiera lo maté por completo.
No era mi intención que pensaran que la
Fiera había hecho otro ataque. Solo quería deshacerme de ese endemoniado burro
de una vez por todas. Pero ahora no sé qué hacer. Hasta la televisión ha venido
a Batury.
Por favor, Doroteo, ayúdame, te lo
ruego.-”
Papá
se quedó con los ojos como platos por unos segundos, cuando volvió en sí, le
dijo a mi abuelo Doroteo:
-¡Esto
es increíble! ¡La Fiera no existe!- exclamó mi papá.
-No,
no, Churchi. Los ataques que pasaron en otros lugares no sé qué cosa, animal o
persona fue el culpable. Como el de las gallinas de Don Porfirio, por ejemplo.
No sabemos qué sucedió ahí. Lo único que te digo es que no se trata de algo tan
grande, porque solo ataca animales pequeños.- le aclaró el abuelo.
-Bueno,
está bien. ¿Qué le dijiste que hiciera a mi tío Víctor entonces, papá?- preguntó
el pequeño Churchi, retomando el hilo de la situación central.
A lo
que el abuelo contestó:
-Le
dije:
“-Mira Víctor, cállate. Que no se te
ocurra decir nada a nadie, a nadie. Ni si quiera a mi hermana Lorena. Deja que
la gente y todo el mundo sigan pensando que la Fiera fue la que atacó al burro
de Tolocho.
Ese viejo está loco, loco. Te mataría si
se entera de que tú eres el culpable de la muerte de su adorado burro. ¿No
viste con la rabia que daba la entrevista para la televisión? Quería ir a cazar
a la Fiera. Imagínate lo que te hará a ti si se entera de que eres tú.
No, no. Guardar silencio es lo mejor. No
te preocupes por mí, yo no diré nada. Nadie nunca sabrá la verdad.-“
Así,
papá pudo dormir tranquilo todas las noches posteriores. Una que otra vez,
cuando la gente se reunía para hablar de la Fiera, el abuelo Doroteo decía:
-Yo
sí sé quién es la Fiera.- y apuntaba con el dedo índice para la casa del tío Víctor.
Como la dirección daba hacia el monte, la gente no le tomaba importancia. Mi
papá era el único que entendía lo que el abuelo decía y le dolían las costillas
por aguantarse de soltar una risotada.
Aún
no se sabe qué fue lo que atacó a aquellos animales de granja. Pudo ser el
mismo Nahual que estaba presente en todo México.
Una
de las teorías más acertadas (y de la que yo soy más creyente), es que cuando
creció y se desbordó el río Evora con las lluvias, ese animal bajó de la sierra
y se descontroló. Siguió el río porque necesitaba agua y para alimentarse, tenía
que atacar a esos animales. Tal vez se trataba de algún felino grande, un
tigrillo o gato montés, incluso pudo ser un puma o jaguar. Eso explicaría los
ataques de noche ya que los felinos son muy sigilosos e inteligentes, evitan a
los humanos.
La
gente de Batury nunca supo la verdad, por eso creí conveniente sacar a la luz esta historia ya que la mayoría de las personas
que aparecen en ella no viven actualmente.
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