miércoles, 28 de mayo de 2014

La Fiera

Papá siempre me ha contado historias de cuando él era niño. Todas son fantásticas pero ninguna me impactó tanto como la historia que les relataré a continuación.

Eran tiempos difíciles. En aquellos días, había una terrible controversia en el país. Los noticieros de televisión, radio y prensa, daban a conocer una serie de hechos recientes muy peculiares.

Antiguamente, algunas culturas prehispánicas que residían en México, tenían creencias de que los humanos nacían con el respaldo de un animal, y que éste, los guiaría y protegería en el camino de su vida. Los hechiceros o chamanes del pasado, eran “capaces” de transformarse en su animal interior. Convirtiéndose en mitad humano y mitad animal. Al resultado de esta mutación o transformación se le conocía como “Nahual”.

Como este mito sobrevivió en la población mexicana hasta nuestros días –aunque con menor arraigo que antes-, en el tiempo en el que se desarrolla esta historia, el Nahual volvió a materializarse con mucha fuerza.

Se detectaron avistamientos de un Nahual en diferentes estados de México. No había pruebas en sí, solo testimonios de personas que aseguraban haberlo visto. A algunas, dicen, hasta atacó. Relacionaban a este ser con el mal, como algo que buscaba destrucción.

La noticia a voces del Nahual fue todo un acontecimiento en la vida de todos. Pero el significado estricto de la palabra se fue perdiendo. La mayoría de la gente lo asociaba más que nada a una versión mexicana del “Yeti” o “Hombre de las nieves”.




Pero la historia que quiero relatar no se trata de esta bestia llamada Nahual, no, se trata de una diferente.

Los sinaloenses se sentían muy confiados de que el Nahual no hubiera pisado sus tierras. Pero ¡oh, oh! Después del desboque del río Evora tras unas lluvias torrenciales, una bestia atacó una granja en Mocorito.

El dueño de la granja juraba que sus animales estaban perfectamente bien cuando él se fue a dormir, y al amanecer, fue a hacer sus trabajos rutinarios, cuando encontró a sus gallinas y cerdos muertos, con marcas de garras en sus pieles.

El pánico creció aún más cuando hubo otro ataque en Angostura. ¡Cada vez se acercaba más la bestia! La gente no sabía si se trataba del Nahual o no, pero en esos ranchos y en aquél tiempo sobre todo, los pueblerinos eran personas incultas sin acceso a los medios de comunicación. No sabían a ciencia cierta lo que pasaba en el país, así que bautizaron ellos mismos a la bestia como: La Fiera.

La Fiera siguió atacando durante las noches; nadie la veía jamás. Muchos animales de granja fueron encontrados masacrados en la mañana. Nadie sabía qué hacer.

En Batury, mis tíos querían comenzar un grupo musical. Cuando ensayaban en las tardes o noches, la gente los escuchaba y decía:

-¡Ey! ¿Escuchan eso? Qué feos aullidos. Estas Fieras que no se callan…-

Comenzaron a llamarlos “Las Fieras”, título que aún conservan.

Un día, dos gallinas de Don Porfirio amanecieron descuartizadas. Definitivamente, La Fiera había llegado a Batury.

La situación estaba incontrolable. La gota que derramó el vaso fue el día en que el burro de Don Tolocho fue descubierto tasajeado una mañana. ¡Un burro! La fiera debía de ser más grande de lo que todos pensaban.

Fue tan grande la noticia, que hasta los canales de televisión y los periódicos locales llegaron hasta Batury para entrevistar a Don Tolocho. Incluso había gente que “juraba” haber visto a La Fiera atacando al burro durante la noche.

Fue una revolución gigante, y más para un pueblo como Batury en el que la gente se creía todo e inventaba más cosas.

Con el Nahual y La Fiera allá fuera, a papá (que tenía unos escasos 8 años) le era imposible conciliar el sueño. Así que esa noche, fue con mi abuelo Doroteo y le dijo que no podía dormir. Éste le dijo que no se preocupara, porque le contaría la verdadera historia de La Fiera en la mañana.

Papá se fue a dormir con esa idea y al día siguiente, muy temprano, fue a cortar mangos con mi abuelo, a la huerta que tenían detrás de la casa.

Ahí, le dijo:

-Mira, hijo mío, este es un secreto muy importante que no le debes decir a nadie. Te lo diré a ti porque sé que eres muy responsable y lo guardarás para ti.- papá asintió.

-Escuchame bien, esa “fiera” de la que todos hablan y tienen tanto miedo, no se trata de un animal. Más bien de una persona.-

-¿Qué?, ¿Cómo que de un animal?, ¿Es mitad humano y mitad animal?- preguntó papá, horrorizado.

-No, no. Bueno, no sé qué es lo que habrá matado a esos pobres animales en Mocorito y Angostura. Pero sí sé quién mató al burro de Tolocho. Y puedo asegurarte que no es ninguna fiera.-

-¡Wow! ¿De verdad?, ¿Quién mató al burro entonces, papá?-

-El otro día, más tarde de que encontraran al burro, tu tío Víctor vino con un problema muy consternado y me dijo:

“-Doroteo, tienes que ayudarme. Estoy metido en un lío muy serio. Ese maldito burro de Tolocho tenía semanas dándole vueltas a mi burra, ya me tenía harto. Cada vez que venía, le pagaba con el bastón y con eso bastaba para que se fuera. Pero regresaba más tarde o al siguiente día.
Una tarde lo vi venir y no pude controlarme más, le amarré la punta de un cuchillo al bastón e hice una especie de lanza.
Esperé a que se acercara y lo apuñalé varias veces hasta que apenas podía sostenerse en pie. Vi como se alejaba cojeando a la casa de Tolocho. Ni si quiera lo maté por completo.
No era mi intención que pensaran que la Fiera había hecho otro ataque. Solo quería deshacerme de ese endemoniado burro de una vez por todas. Pero ahora no sé qué hacer. Hasta la televisión ha venido a Batury.
Por favor, Doroteo, ayúdame, te lo ruego.-”

Papá se quedó con los ojos como platos por unos segundos, cuando volvió en sí, le dijo a mi abuelo Doroteo:

-¡Esto es increíble! ¡La Fiera no existe!- exclamó mi papá.

-No, no, Churchi. Los ataques que pasaron en otros lugares no sé qué cosa, animal o persona fue el culpable. Como el de las gallinas de Don Porfirio, por ejemplo. No sabemos qué sucedió ahí. Lo único que te digo es que no se trata de algo tan grande, porque solo ataca animales pequeños.- le aclaró el abuelo.

-Bueno, está bien. ¿Qué le dijiste que hiciera a mi tío Víctor entonces, papá?- preguntó el pequeño Churchi, retomando el hilo de la situación central.

A lo que el abuelo contestó:

-Le dije:
“-Mira Víctor, cállate. Que no se te ocurra decir nada a nadie, a nadie. Ni si quiera a mi hermana Lorena. Deja que la gente y todo el mundo sigan pensando que la Fiera fue la que atacó al burro de Tolocho.
Ese viejo está loco, loco. Te mataría si se entera de que tú eres el culpable de la muerte de su adorado burro. ¿No viste con la rabia que daba la entrevista para la televisión? Quería ir a cazar a la Fiera. Imagínate lo que te hará a ti si se entera de que eres tú.
No, no. Guardar silencio es lo mejor. No te preocupes por mí, yo no diré nada. Nadie nunca sabrá la verdad.-“

Así, papá pudo dormir tranquilo todas las noches posteriores. Una que otra vez, cuando la gente se reunía para hablar de la Fiera, el abuelo Doroteo decía:

-Yo sí sé quién es la Fiera.- y apuntaba con el dedo índice para la casa del tío Víctor. Como la dirección daba hacia el monte, la gente no le tomaba importancia. Mi papá era el único que entendía lo que el abuelo decía y le dolían las costillas por aguantarse de soltar una risotada.


Aún no se sabe qué fue lo que atacó a aquellos animales de granja. Pudo ser el mismo Nahual que estaba presente en todo México.

Una de las teorías más acertadas (y de la que yo soy más creyente), es que cuando creció y se desbordó el río Evora con las lluvias, ese animal bajó de la sierra y se descontroló. Siguió el río porque necesitaba agua y para alimentarse, tenía que atacar a esos animales. Tal vez se trataba de algún felino grande, un tigrillo o gato montés, incluso pudo ser un puma o jaguar. Eso explicaría los ataques de noche ya que los felinos son muy sigilosos e inteligentes, evitan a los humanos.




La gente de Batury nunca supo la verdad, por eso creí conveniente sacar a la luz  esta historia ya que la mayoría de las personas que aparecen en ella no viven actualmente. 

sábado, 10 de mayo de 2014

La Malinche

¡Ay, no! Cómo me acuerdo que en secundaria yo odiaba México. 
Tenía unos escasos 14 años y detestaba todo lo que tenía que ver con mi país, mi tierra, mi origen. ¿Cómo rayos es posible? A esa edad no posees una gran capacidad de razonamiento coherente, ni eres consciente de la magnitud de las situaciones. 

Recuerdo que solo veía películas extranjeras, escuchaba música en inglés y mi sueño por siempre era mudarme a Inglaterra (de dónde según yo, venía todo lo bueno de la vida).

Mi papá me decía "luego cambiarás de opinión" y yo pensaba "what? no lo creo, jamás lo haré".
Y me miro ahora. No digo que sea super madura pero soy capaz de apreciar mi tierra. Siento más amor aún por Batury, Culiacán y Mazatlán: mis tres hogares; porque en esos lugares me siento segura, cómoda, en casa. Es un sentimiento que al menos que pases algún tiempo fuera de tu hogar, lo entenderás. No me he ido a ningún lado, pero quiero. Sí, aunque ame mis orígenes, quiero irme. 
Son muchos factores que hacen que piense así, pero cuando esté lejos sabré que en el momento que yo quiera, podré regresar. 

Mucha gente ya grande, detesta México. Ni si quiera se dignan en conocer su historia a fondo, pocos países cuentan con la cultura y tradiciones que poseemos nosotros. Es muy triste en realidad, que los mismos mexicanos piensen que su país es el peor de todos. 
Siempre estamos enfrascados en las cosas negativas y no nos damos tiempo de apreciar la belleza que tenemos a nuestro alcance. Y ni qué decir de las muchísimas personas que conocen primero Estados Unidos que los rincones preciosos de nuestro país. 
Además, en otros países, veneran mucho más a nuestros grupos indígenas antepasados (como aztecas y mayas) que nosotros mismos; los investigan más y les dan mucha importancia en sus estudios.

No está nice que odies México si él te ha dado todo lo que posees. No es que esté en contra de que las personas recorran el mundo, ¡no! ese es mi sueño, pero, primero tenemos el deber de conocer nuestras raíces, nuestra tierra. Tampoco opino que te ciegues y digas: "yey, todo está cool en México", no. Estamos en muchos aspectos jodidos, pero no en todos, como la mayoría cree. 
No sé, espero que toda la gente malinchista que conozco, cambie su forma de ver a México en algún momento de su vida, como yo lo hice. 



Mi carta favorita


sábado, 3 de mayo de 2014

Friend

Por aquellos tiempos, mamá estaba embarazada de mi hermana Katia. Yo quería que ya naciera y poder jugar al fin con mi hermanita. Me sentía sola.
Pero luego Juan apareció y todo cambió. Jugábamos todo el tiempo y siempre tenía algo divertido que decir. Estábamos todo el día juntos.
A mamá le disgustaba que yo hablara tanto de Juan, lo notaba en su cara.
Una vez, mamá me llevó con el doctor. Le dijo que yo tenía problemas con mi amigo Juan, el doctor le dijo que no tenía nada de qué preocuparse. Yo no lo entendía. ¿Por qué mamá no quería a Juan? ¿Qué había de malo en él? A Juan no le molestaba, decía que todas las mamás eran raras.

Hubo un tiempo en el que comencé a preocuparme por Juan. Estaba todo el día en mi casa ¿Y sus padres? ¿No estaban preocupados por él? y le pregunté por ellos. Su respuesta me dio miedo y tristeza:

-Hace mucho que no veo a mis papás. Los extraño.- Me dijo, sin darle importancia.

-¿Pero en dónde vives? ¿Cómo le haces para alimentarte?.- Le pregunté, preocupada.

-Aquí, vivo en tu casa. Duermo en el sillón de la sala por las noches.-

-¿Mis papás no te han visto?-

-Ellos no ven nada.-

Me quedé pensando un momento. ¿Cómo era posible? En ese instante Juan me pareció más extraño aún. No quería que viviera en mi casa pero no sabía cómo decírselo. Era mi amigo y lo quería, pero no lo quería todo el tiempo ahí. Además, no tenía otro lugar al cual ir. Me causaba mucha lástima. Al cabo de un rato, le dije:

-Solo procura que mis papás no te vean. En especial mamá. Yo te traeré comida a escondidas.-

-No es necesario, últimamente no me da hambre.-

"Eso está raro", pensé.
Pasaron los días y Juan empezó a cambiar. Estaba siempre enojado y una vez me gritó. Se disculpó después y me confesó que había personas molestándolo. Le pregunté que si quiénes eran y me dijo que solo se trataba de personas con problemas. Cada vez el asunto me gustaba menos.

Una tarde, no vi a Juan y decidí contarle a mamá toda la verdad. Las expresiones de mamá eran tan horribles que me sentí mal por actuar así a sus espaldas. Me hizo varias preguntas sobre Juan y luego si tenía otros amigos. Le dije que no; era la verdad. Solo tenía a Juan.

Me llevó de nuevo con el doctor y esta vez, mamá habló con él a solas primero y luego me hizo pasar. Solo me hizo preguntas, casi las mismas que mamá. Solo hubo una cosa que cambió: me dijo que dibujara a Juan.
Lo hice. Juan era unos años mayor que yo, ya iba a la primaria. Lo dibujé con su uniforme, todo sucio como lo traía siempre; le puse su cabello largo y castaño, también sus zapatos sin bolear. Al final, el doctor me dijo que saliera. Mamá me estaba esperando. Pero no estaba sola. Juan estaba a un lado de ella y me sonreía. Pero había algo raro en él. Le dije a mamá:

-¿Ya te cae bien Juan?-

-¿Por qué me preguntas eso?- dijo mamá, sorprendida.

-Pues están los dos juntos, pensé que ya eran amigos.

El rostro de mamá tomó un color tan pálido como las paredes del hospital. Juan se echó a reír muy fuerte, tan fuerte que me dio miedo. Le pregunté:

-¿De qué te ríes? ¿Qué le has dicho a mamá?-

-Nada, Diana. Tu mamá no puede verme, ya te lo dije.-

Me eché a llorar. No entendía por qué rayos Juan decía aquellas cosas. Pero luego me di cuenta de no mentía porque mamá volteaba a todos lados sin darse cuenta de que mi amigo estaba a su izquierda.

-Ya no quiero verte. Ya no quiero que seas mi amigo. Tampoco quiero que duermas en el sillón de mi casa. ¡Vete!- le dije, entre sollozos.

El rostro de Juan cambió de inmediato y volvió a ser el mismo de siempre: dulce y sereno.

-Lo siento, en verdad, perdón. No te molestaré. Nos vemos, amiga. Te extrañaré.- me dijo, casi llorando también. Se dio la vuelta y dio unos pasos. De repente se giró y añadió:

-Si quieres verme de nuevo, solo piensa en mí y volveré para jugar un rato.- Sonrió por última vez y se fue.



Mi hermana y yo estábamos en el patio de nuestra nueva casa cuando vi pasar a un niño. Me dijo adiós con una mano, sonrió y siguió caminando. Yo no lo conocí pero se me hizo ligeramente familiar. "Debe ser alguien de la escuela", pensé. 



Cinco años después de que vi a ese chico, mamá me contó toda la historia. Dudé un tiempo de la realidad, pero luego recordé la sonrisa de aquél niño extraño que jamás volví a ver. Recordé su ropa, un uniforme de una escuela desconocida y unos zapatos sucios.