lunes, 17 de marzo de 2014

Un suéter

Hace mucho tiempo estaba obsesionada con seguir todas las reglas al pie de la letra.
Corría el año 2001, cuando me pasó algo que hizo cambiar mi forma de ser radicalmente, y se los voy a contar porque sí:

Fui con mis papás a hacer las compras del super. Llevaba mi blusa favorita (era un triangulo con tirantes que se amarraban atrás de mi cuello y en la parte alta de mi espalda, con un estampado de cuadros blancos y amarillos) con un short de mezclilla. 
Al entrar al super sentí una oleada de aire muy helado: no estaba preparada para ese frío. No dije nada. Seguí como si nada hasta que mi papá me vio temblando, y me dijo:

-Niña, ¿qué te pasa?, ¿tienes frío?.-
Le contesté, conteniendo el tiritar de mis dientes:
-Sí, mucho.-

Me dijo, muy dulcemente:
-Mira, ponte uno de estos suéteres de aquí, solo mientras terminamos de hacer las compras; cuando nos vayamos, te lo quitas.-

Me enojé tanto. Le grité, indignada:
-¡¿Qué?!, O sea, papi, esos suéteres no son míos, ni si quiera los has pagado... ¡Tienen etiqueta!, ¡Me meterán a la cárcel!.-

Mi papá se rió y tomó uno de los suéteres. Trato de ponérmelo, le dí una patada al piso y le dije:
-Ya te dije que no me voy a poner eso. No soy una criminal.

Perdiendo la paciencia un poco, me dijo:
-Ya Diana, no seas ridícula niña, te estás muriendo de frío, por favor.

Yo ya estaba harta, y con altanería le dí un ultimátum:
-Si tratas de ponerme esa cosa de nuevo, ya no voy a querer estar contigo. Me iré con mi mami.-

Riendo por dentro, me dijo:
-Andale pues, vete con ella. Pero te vas a perder...

-¡No! No me perderé, soy grande. 

Y me fui buscando a mi mamá que se había adelantado al ver nuestra pelea, para ir avanzando. Pero no la encontré tan fácil como creía. En cada pasillo me fijaba y volteaba a los dos lados. Nada. Comencé a desesperarme. 
Mi papá, que obviamente no me dejaría sola, se fue detrás de mí, y cada vez que yo volteaba hacía atrás, el se escondía y pateaba el suelo diciendo "chhht". Mi papá se moría de risa.
Pero hubo una ocasión en la cual, al salir de su escondite, ya no me miró. Y me perdí de verdad. 
Para ese entonces, yo ya estaba muy paniqueada. Solo quería encontrar a mi papá y decirle que lo sentía, que me pondría todos los suéteres que él quisiera. De repente, vi a un señor parado de espaldas con una camisa idéntica a la de papá. Corrí hacía él y lo abracé. Le dije llorando:

-Perdón, papi. No lo volveré a hacer...- Cuando el señor se voltea y me dice:

-¿Estás perdida, mija?.- 

Me quise morir. Lo solté y corrí lo más rápido que pude. 
Mi papá estaba muy mal ya. Encontró a mi mamá de lejos, la cual lo vio y le preguntó con señas que si qué pasaba; papá le contestó (con señas también) que nada pasaba. Y continúo su búsqueda, al ver que yo no estaba con mamá.

Después de casi 40 minutos, nos encontramos. No dijimos nada, papá solo se arrodillo y nos abrazamos. Mamá nos encontró en una escena así:
Frente con frente, lagrimas en los ojos, rostros rojos, un suéter en la mano de papá...

Desde ese día papá y yo hacemos bromas respecto. Siempre que vamos al super, me dice: 

-Hey Diana, ¿no tienes frío?- Y los dos nos burlamos de mi temperamento antiguo. 

Cuando contaba esta historia antes, no me daba cuenta de todas las cosas que había aprendido ese día:
*Mi papá es la persona que jamás tratará de hacerme daño; al contrario.
*Las reglas son más que nada guías; las cuales debes cumplir dependiendo de la situación.
*Siempre ir abrigada a un centro comercial.



Foto de 1995

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